La verdadera historia de la dama de las camelias (1981)
Título original: La storia vera della signora dalle camelie / La dame aux camélias
País: Italia
Director: Mauro Bolognini
Guion: Jean Aurenche, Vladimir Pozner, Enrico Medioli (Novela: Alejandro Dumas hijo)
Música: Ennio Morricone
Fotografía: Ennio Guarnieri
Productora: Co-production Italia-Francia; Gaumont, Les Films du Losange, France 3 (FR 3), Opera Film Produzione
Intérpretes: Isabelle Huppert, Gian Maria Volonté, Bruno Ganz, Fabrizio Bentivoglio, Clio Goldsmith, Mario Maranzana, Yann Babilée, Carla Fracci, Cécile Vassort, David Jalil, Fernando Rey
Año de producción: 1981
Duración: 01:49:58
Género: Drama, Prostitución, Erótico, Drama de época
Grupos: Adaptaciones de Alejandro Dumas hijo
Sinopsis:
Obligada por su padre a prostituirse desde muy joven, Alphonsine (Isabelle Huppert) se establece en París donde espera hacerse conocida entre la alta burguesía. Tras varias experiencias se casa con un conde (Bruno Ganz) que parte muy pronto a África lo que aprovecha Alphonsine para, con la ayuda de su padre (Gian Maria Volonté), convertir su vivienda en lugar de citas y encuentros (es decir: un “meublé”; muy fino y muy elegante, pero un “meublé”, se mire como se mire). Uno de los visitantes es Alejandro Dumas, hijo (Fabrizio Bentivoglio), que pronto se convierte en amante de la anfitriona…
Semblanza biográfica de Alphonsine Duplessis, la famosa cortesana parisina, musa que inspiró a Alejandro Dumas, hijo, para escribir su famosa novela “La dama de las camelias”, obra que inspiró a su vez a Giuseppe Verdi para componer su ópera “La Traviata”.
Versión: Dual italiano y
francés (subts. español, italiano e inglés, integrados)
Formato: .mkv
Calidad: DVDRip
Tamaño: 1.86 GB
La verdadera historia de la dama de las camelias
Curiosidades varias, algunos cotilleos (de vez en cuando) y un poco de rollo de mi cosecha
Aquellos de vosotros que hayáis visto la película seguro que no habéis olvidado esta maravillosa escena final
Cuando Margarita (Greta Garbo) muere en brazos de Armando (Robert Taylor) en “Margarita Gautier” (“Camille”, George Cukor, 1936), es tal la fuerza dramática y tan poderoso su romanticismo que la escena permanece en nuestra mente mucho tiempo después de que la película haya terminado.
Mucha fuerza dramática y mucho romanticismo. Todo muy bonito y muy emotivo… Pero no fue así como terminó realmente la vida de Margarita Gautier.
El 5 de febrero de 1847, Marie Duplessis, la que fuese reina de las “demi-mondaines” parisinas, murió de tuberculosis a la temprana edad de veintitrés años. Prácticamente sola. Únicamente acompañada por sus sirvientes, uno de sus antiguos amantes, el sueco Conde Von Stackelberg, los médicos que la atendían y quien por entonces era su marido, el Conde de Perregaux.
Marie Duplessis
No había escrito libros, ni pintado cuadros. Había alcanzado notoriedad tan sólo por su belleza y su fama de cortesana. Pocas semanas después de su muerte, todas sus pertenencias, incluida su mascota (un loro), fueron subastadas para hacer frente al pago de sus numerosas deudas. El todo París asistió a la subasta. La mayoría no a comprar sino como meros espectadores. Entre los asistentes se encontraba Charles Dickens que más tarde escribiría: “Podría pensarse que Marie fuese Juana de Arco o cualquier otra heroína nacional, tan profundo era el sentimiento de tristeza general”.
Nacía así un poderoso mito. ¿Quién era Marie Duplessis, que de tal modo fue capaz de conquistar no sólo al hijo de uno de los mayores novelistas de Francia, sino también a gran número de nobles, artistas e intelectuales del siglo XIX?
Su verdadero nombre era Rose Alphonsine Plessis y nació en Normandía el 15 de enero de 1824. Su padre, Marin Plessis, un comerciante alcoholizado y violento, era hijo de una prostituta y un sacerdote. Su madre, Marie Louise Deshayes, que procedía de una familia culta y acomodada, lamentó siempre haberse casado y tan pronto tuvo oportunidad abandonó a su marido, y dejando a sus dos hijas, Alphonsine y Delphine, al cuidado de una prima suya, se trasladó a París donde encontró empleo con una familia inglesa. Marie Louise falleció cuando Alphonsine apenas contaba ocho años y la niña, junto con su hermana, fue devuelta al domicilio paterno. Su padre, incapaz de hacerse cargo de las pequeñas las encomendó a un granjero, pariente suyo, en cuya casa Alphonsine fue violada por un campesino cuando sólo contaba doce años. Al enterarse, el granjero devolvió a la niña con su padre.
Tenía tan sólo trece años cuando Monsieur Plessis decidió que podía ganar más dinero tumbada que trabajando como lavandera. Y la vendió a un septuagenario, soltero y rico, llamado Plantier, que se “sirvió” de ella durante poco más de un año y la devolvió de nuevo con su padre quien poco después volvió a deshacerse de ella enviándola a París, a vivir con unos familiares propietarios de una tienda de ultramarinos. Ahora fue Alphonsine la que no pudo soportar a la familia, alquiló un cuartucho y se fue a vivir al Barrio Latino (Quartier Latin, vamos…) sobreviviendo a duras penas con trabajos de mala muerte.
Pero Alphonsine era guapa. Era una joven muy guapa, con una bonita figura y una sonrisa irresistible. Apenas tenía dieciséis años y ya sabía lo que otras jóvenes habían tardado algo más en aprender: que algunos “caballeros” importantes no tenían reparos en darle dinero a cambio de su “compañía”. De modo que sin pararse a pensarlo dos veces, cambió su empleo como dependienta en una tienda de ropa y se hizo “cortesana”. Pero no una cortesana cualquiera.
Lo primero que hizo fue perfeccionar sus escasos conocimientos, conseguir leer y escribir con fluidez, y mantenerse siempre al tanto de todo tipo de acontecimientos para estar a la altura de sus eventuales “protectores” y poder conversar con ellos sin dejar traslucir sus humildes orígenes.
Su meteórico despegue tuvo lugar cuando, junto con dos de sus amigas, entró en un restaurante cercano al Palais Royal. El propietario, un viudo llamado Nollet, se encaprichó con ella, le puso un piso en la Rue de l’Arcade y, corriendo con todos sus gastos, la hizo su amante. Pero Alphonsine era mucha Alphonsine. En poco tiempo el hostelero ya no ganaba para pagarle caprichos y la joven decidió que ella se merecía algo mejor. Y lo encontró rápidamente.
El afortunado fue el Conde Ferdinand Monguyon, cuyos posibles estaban mejor adecuados a los lujosos gustos que eran ya una constante de la joven Plessis.
Fue más o menos por estas fechas cuando cambió su nombre de Rose Alphonsine a Marie y añadió a su apellido el “Du” que le confería un toque aristocrático: Marie Duplessis.
A partir de este momento el número de sus amantes creció como la espuma. Y todos ellos entre lo mejorcito de la aristocracia francesa (que ya lo he dicho, que Alphons…, bueno, que Marie era mucha Marie).
Comenzando por Agenor de Guiche (futuro Duque de Guiche-Gramont y Ministro de Napoleón III), que la llevó a pasar sus vacaciones de verano a los más lujosos balnearios alemanes. (*). De todos modos la relación no duró mucho tiempo pues la familia de Agenor, incómoda por las repercusiones que pudiera tener sobre la carrera del futuro duque, tomó cartas en el asunto y no paró hasta conseguir que se separasen.
(*) Parece que en 1841, con poco más de diecisiete años, y fruto de esta relación Marie dio a luz un niño, al que De Guiche se apresuró a dar en adopción para no comprometer su reputación. El pequeño falleció de neumonía poco después.
Contaba apenas veinte años cuando su único protector era el anciano Conde Von Stackelberg, embajador ruso en Viena, casado y ¡cómo no! inmensamente rico, que se encariñó con ella porque le recordaba a su hija. Stackelberg corría con todos sus gastos, le regalaba caballos que se encargaba de hacer llegar desde Inglaterra, le tenía reservado un palco en los mejores teatros parisinos… Por fin Marie había conseguido lo que tanto anhelaba. Había pasado de ocupar una humilde vivienda en el Quartier Latin a residir en un lujoso piso en el Boulevard de la Madeleine. Su nueva residencia contaba con mobiliario Luis XV, paredes enteladas con seda… y libros. Muchos libros.
Marie Duplessis en el teatro
Retrato a la acuarela de Camille Roqueplan
Continuaba perfeccionando su educación y aumentando sus conocimientos. Se levantaba tarde por las mañanas, leía un rato tras el desayuno y pasaba largo tiempo decidiendo qué ponerse para dar su acostumbrado paseo por el parque. El resto del día lo pasaba de compras o preparando todo lo necesario para las fiestas que daba en su casa cuando no asistía al teatro o a la ópera.
Sus gastos por aquél entonces se elevaban por encima de los cien mil francos al año, sin contar vestidos, carruajes, sirvientes y viajes. También era una ludópata insaciable y gastaba sin tino todo el dinero que llegaba a su poder. Como si fuese consciente de que no viviría mucho tiempo y quisiese acumular toda la vida posible en unos pocos años.
Pero a pesar de todos sus excesos conservaba intacto su aspecto de adolescente virginal. Una amiga, la actriz Judith Bernat, la describe en sus memorias como “muy esbelta, muy delgada, pero maravillosamente delicada y llena de gracia; el perfecto óvalo de su cara y sus ojos oscuros le daban un cierto aire de melancolía; su aspecto era deslumbrante. Tenía un encanto incomparable”. Y al preguntarle Judith por qué se prostituía de aquél modo, responde Marie que “trabajando como dependienta” nunca hubiese podido permitirse los lujos por los que se sentía irresistiblemente atraída y hacían su vida tan grata.
Confesó también a su amiga su pena por no haber sido capaz de conseguir el verdadero amor: “Este es el gran pesar de mi vida. Es una equivocación tener corazón cuando eres una cortesana. Puede llevarte a la muerte". A pesar de ello Marie vivía sin preocupaciones, disfrutando de la vida, de sus perros, sus frecuentes salidas al campo, el juego y sus fiestas y recepciones a las que eran asiduos no pocos intelectuales y escritores (Eugène Sue, Honoré de Balzac y Théophile Gautier entre otros).
Volvieron a encontrarse de nuevo dos años después en los salones de Madame Prat, una sombrerera que vivía cerca de casa de Marie. Su relación duró un año. El joven gastó lo poco que tenía y al quedarse sin dinero trató de probar fortuna en las mesas de los casinos. Se empeñó pidiendo préstamos y casi enloqueció de celos a causa de los muchos amantes, presentes y pasados, de Marie.
Mientras tanto los síntomas de la tisis que acabaría con su vida empeoraban. Marie probó todos los remedios conocidos y, ante la insistencia de Dumas, incluso trató de abandonar su intensa vida social pasando juntos largas temporadas en el campo. Todo inútil. El aburrimiento acababa venciéndola y regresaba apresuradamente a su amado París.
Finalmente Dumas no pudo soportar la situación y le envió una carta de despedida en la que declaraba no ser “lo bastante rico para amarte como yo quisiera ni lo bastante pobre para ser amado como a ti te gustaría”.
Marie no respondió a Dumas. Estaba muy ocupada, y ya muy enferma. Además acababa de conocer al que sería último amor de su vida, el compositor Franz Liszt, recientemente separado de la Condesa Marie d’Agoult. Tenía treinta años y acababa de regresar de una triunfal gira de conciertos por Europa cuando Marie le vio en el teatro, en el intermedio de una representación, y le pidió a su médico, amigo personal del compositor, que los presentase. Olvidándose de la obra continuaron charlando y antes de que terminase la representación el músico ya se había convertido en la última de sus conquistas.
Al poco tiempo de conocerse ya Liszt confesó a un amigo que la mujer a la que llamaba Mariette era la primera a la que había amado realmente. Cuando estaba a punto de emprender una nueva gira de conciertos, Marie le rogó que la llevase con él. Liszt no lo hizo pero le prometió hacer con ella un largo viaje a Turquía aquél mismo año. Demasiado tarde. Ya nunca volvieron a verse. Después Liszt lamentó no haber estado junto a ella en su lecho de muerte.
Dándose cuenta del inexorable avance de su enfermedad y temiendo que todos sus amigos pudiesen abandonarla, Marie se dejó convencer por su antiguo amante el Conde de Perregaux, y se casó con él. El enlace tuvo lugar en febrero de 1885, en Londres, en el registro civil de Kensington, pero nunca llegaron a vivir juntos. Además, el matrimonio no era legal en Francia pues Perrigaux, por miedo a la opinión de su familia, no quiso publicar las amonestaciones en su país, lo cual no impidió a Marie usar el título de condesa y tener su propio escudo de armas.
Su último año de vida lo pasó Marie de médico en médico en un vano intento de retrasar su muerte. Al mismo tiempo sus deudas se hacían cada vez mayores ya que sus protectores, uno a uno, la iban abandonando. Fue enterrada pobremente en el cementerio de Montmartre pero dos semanas después Perregaux trasladó su cuerpo a otra tumba en la que reposa hasta hoy y en la que se puede leer la siguiente inscripción:
ALPHONSINE PLESSIS
Née Le 15 Janvier 1824
Decedée le 5 Fevrier 1847
De Profundis
(Aquí descansa Alphonsine Plessis. Nacida el 15 de enero de 1824. Fallecida el 5 de febrero de 1847. De Profundis)
LA DAMA DE LAS CAMELIAS
La muerte de Marie catapultó a la fama al joven Dumas. Cinco meses después de su fallecimiento, Marie quedó inmortalizada en una novela que el escritor terminó en apenas cuatro semanas: “La dama de las camelias”. En la novela, la protagonista, Margarita Gautier, renuncia a su amor por Armando Duval (las mismas iniciales, AD, que Alejandro Dumas) para evitar la ruina de éste.
Alejandro Dumas hijo
El éxito de la primera edición fue rotundo y del libro llegaron a venderse doce mil ejemplares, aunque posteriores ediciones no tuvieron la misma suerte. Únicamente cuando el propio Dumas adaptó la historia al teatro, Marie alcanzó verdaderamente fama universal.
Cartel del estreno teatral de “La dama de las camelias”
La obra se estrenó cinco años después en el Theatre du Vaudeville y constituyó un gran éxito. Entre los espectadores se encontraba Verdi quien se inspiró en la historia y dos años más tarde estrenó en Venecia “La Traviata” con lo que Marie quedaba definitivamente establecida como leyenda.
Aunque Dumas, hijo, escribió otras novelas y obras teatrales, con ninguna de ellas alcanzó el reconocimiento que consiguió con “La dama de las camelias”. La prostitución llegó a ser una obsesión en su vida y repetidas veces propuso a las autoridades que legislaran en el sentido de que toda mujer soltera fuese obligada a aprender un oficio para que nunca se viera obligada a prostituirse. Igualmente abogó porque todas aquellas que ejercieran su oficio en las calles fuesen deportadas a las colonias.
A pesar del éxito popular, la novela no fue tenida en gran consideración ni recibida con entusiasmo por el público más entendido y culto. Severos críticos se apresuraron a declarar su argumento como “poco delicado” e inconveniente. Gilbert Keith (G.K.) Chesterton la incluyó en la categoría de lo que él definía como “buenos malos libros”… “…(Dumas, hijo) escribió mejores novelas y dramas más interesantes, pero los escribió con la cabeza. "La dama de las camelias" es la obra de un joven, y tiene todos los errores y las virtudes de la juventud. Es una romántica equivocación por la que nunca se sintió obligado a excusarse”.
Como obra teatral, ya queda dicho, alcanzó inmensa popularidad desde el mismo momento de su estreno en 1852 y el éxito acompañó a todas las representaciones tanto en Europa como en América. En los escenarios Margarita Gautier tomó cuerpo en las más eximias actrices: Eleonora Duse, Lillian Gish, Tallulah Bankhead o, por encima de todas, Sarah Bernhardt.
Lillian Gish, Eleonora Duse y Tallulah Bankhead
La interpretación de la Bernhardt, en 1884, gustó tanto al autor que, impresionado por el talento de la actriz, le regaló la carta que en su momento había enviado a Marie Duplessis rompiendo su relación, y que Dumas había recuperado adquiriéndola en la subasta de los bienes que tuvo lugar tras la muerte de Marie. El texto de la carta se reproduce en la novela:
“Adiós, querida Margarita. No soy lo bastante rico para amarte como yo quisiera ni lo bastante pobre para ser amado como a ti te gustaría. Olvidemos los dos. Tú un nombre por el que sólo debes sentir indiferencia, yo una felicidad que ha resultado imposible”.
Sarah Bernhardt interpretó la obra en francés y también la versión inglesa (“Camille”) durante una gira por los Estados Unidos en 1906, a propósito de la cual se cuenta que representándose en Youngstown, Ohio, ante una escasa y poco atenta audiencia, en medio de una conmovedora escena de amor con Armando, la actriz se encaró con el público y, en francés, les reprendió llamándoles estúpidos e incultos. Como el público no entendía francés, todos aplaudieron.
“Estúpidos”, dice Bernhardt
LA TRAVIATA
Alejandro Dumas, hijo, adaptó su novela al teatro en 1849, pero no se estrenó en París hasta 1852. Cuando Giuseppe Verdi asistió a una representación, poco después del estreno, se sintió inspirado para llevar el tema a una ópera, no sólo por el deseo de escandalizar a la burguesía (“épater les bourgeois”, que dicen los franceses) con una historia de amor entre un noble y una prostituta, sino también porque algunos aspectos de las adversidades que atraviesa Violeta (este es el nombre que dio a su protagonista) eran reflejo de ciertas circunstancias personales por las que tuvo que pasar el propio Verdi.
Giuseppe
Verdi
No hacía mucho que había comenzado una relación con Giuseppina Strepponi, la cantante que, valiéndose de su fama e influencias, había tenido una importancia decisiva en los comienzos de la carrera del músico. Se casaron en 1859 y permanecieron juntos hasta la muerte de Giuseppina en 1897. Pero en 1852, cuando Verdi trataba de conseguir un contrato para escribir una nueva ópera que habría de ser estrenada en La Fenice, cantante y compositor se habían trasladado a Busetto, un pueblecito en la provincia de Parma, en el norte de Italia.
Giuseppina Strepponi
Los habitantes hacían el vacío a la Strepponi escandalizados por su reputación (tenía varios hijos ilegítimos de padres diferentes) y por el hecho de que ella y Verdi vivieran “en pecado”. Verdi prefirió ignorar los insultos y desplantes de los aldeanos hasta que Antonio Barezzi, su benefactor y padre de su adorada primera esposa (**) se mostró también crítico con su situación sentimental.
(**) En 1836 Verdi se había casado con Margherita, hija de Antonio Barezzi, y de este matrimonio nacieron dos hijos: Virginia, en 1837, e Icilio Romano, en 1838. Ambos pequeños murieron cuando apenas contaban un año.
Margherita Barezzi
En febrero de 1839, pocos meses después del fallecimiento de su hija, Verdi y su esposa se trasladaron a Milán donde el músico esperaba abrirse camino profesionalmente. Sin embargo la mala suerte siguió cebándose con el compositor con la muerte del pequeño, en octubre de ese mismo año, y la de su querida Margherita, a causa de una encefalitis, en junio de 1840.
Abrumado por el dolor, Verdi cayó en una profunda desesperación de la cual sólo consiguió recuperarse gracias a la ayuda de su suegro, que siempre le apoyó, y de Bartolomeo Merelli, empresario de La Scala
Verdi, que se encontraba en París, envió a Barezzi una carta en la que le decía:
"Vives en una ciudad cuyos habitantes tienen la mala costumbre de inmiscuirse con frecuencia en los asuntos de los demás, mostrando su desaprobación con todo lo que no está de acuerdo con sus propias ideas. No estoy acostumbrado a meterme en la vida de nadie a menos que se me pida que así lo haga, por eso mismo no me gusta que nadie se meta en la mía. Por lo tanto los cotilleos, las quejas, los chismorreos, la desaprobación…
…En mi casa vive una dama libre, independiente, a la cual le gusta el aislamiento tanto como a mí mismo, y posee una gran fortuna… Ni ella ni yo tenemos por qué rendir cuentas a nadie…
…¿Quién sabe si ella es o no es mi esposa? Y si lo es ¿quién sabe cuáles son las razones para que no lo hagamos público? ¿Quién puede juzgar si esto es bueno o malo? E incluso si es malo ¿quién se cree con derecho a condenarnos?
Quiero dejar claro que, en mi casa, ella es merecedora de tanto respeto como yo mismo, si no más, y a nadie voy a permitir que lo olvide por ninguna razón. Tiene derecho a ello tanto por su dignidad, como por su inteligencia y su generosidad para con todo el mundo..."
Barezzi finalmente aceptó a la Strepponi. Pero tanto esta carta como la complicada mezcla de cariño y desaprobación entre Verdi y su suegro parece haber sido reflejado en “La Traviata” por el compositor en el complicado carácter de uno de los personajes: Giorgio Germont, el padre de Alfredo. Se le presenta en la ópera como el clásico burgués convencional que trata de romper la relación de su hijo con una cortesana para preservar el honor de la familia, pero acaba comprendiendo y respetando a la mujer a quien considera una amenaza para la posición social de su hijo.
El elevado sentido de la justicia social de Giuseppe Verdi es patente en todas sus óperas, pero especialmente en “La Traviata”, su trabajo más íntimo, donde muestra una compasión y afecto superior a sus otras composiciones; compasión y afecto que alcanzan incluso a Germont, claro representante de una clase social cuyas convenciones y doble moral acaban destruyendo la felicidad de Violeta.
Cartel del estreno de “La Traviata”
Preguntado cuál, de entre todas sus óperas, era su preferida, Verdi respondió: “Si me pide mi opinión como profesional le diré que ‘Rigoletto’, si es como aficionado, sin duda, ‘La Traviata’”
LA DAMA DE LAS CAMELIAS EN EL CINE
En los primeros tiempos del cine, varias cinematografías vieron las posibilidades de adaptación de “La dama de las camelias”. La primera versión conocida corresponde al danés Viggo Larsen (“Kameliadamen”), un cortometraje de apenas doce minutos dirigido en 1907.
La
segunda corresponde al cine italiano. Otro cortometraje de apenas quince
minutos, “La signora dalle Camelie”, dirigido en 1909 por Ugo Falena; otra
versión italiana, con el mismo título, es la de 1915, protagonizada por la gran
Francesca Bertini y Gustavo Serena, que también dirigió la película “La dama de las camelias”. Paralelamente, pero en secreto para adelantarse al estreno de la versión de Gustavo Serena, Baldasarre Negroni dirige a Hesperia (nombre artístico de Olga Mambelli) en otra versión de la obra de Dumas. Se estrenó, en efecto, antes pero no logró eclipsar el éxito de la protagonizada por la Bertini.
En 1911 Louis Mercaton dirige la primera adaptación francesa (“La dame aux camélias”), con Sarah Bernhardt como protagonista, y en 1915 Albert Capellani dirige la primera estadounidense, “Camille”, dos años antes de la protagonizada por Theda Bara, con el mismo título, “Camille”, y dirigida por J. Gordon Edwards.
El cine alemán también tiene dos versiones de la historia: la interpretada por Erna Morena (“Prima Vera”, dirigida por Paul Leni en 1917), y la de Pola Negri en 1921 ("Arme violetta", dirigida por Paul L. Stein).
De nuevo en Estados Unidos, y en 1921, “La dama de las camelias” sirve para lucimiento del dúo Alla Nazimova y Rodolfo Valentino; la Nazimova también asumió la dirección. Cinco años después Norma Talmadge, de la mano de Fred Niblo, se suma a la lista de intérpretes de nuestra heroína en “Margarita Gautier” (“Camille”).
Todas las hasta ahora citadas son mudas. Habrá que esperar hasta 1936 para que George Cukor dirija la primera versión sonora, “Margarita Gautier” (”Camille”) que es también la más conocida de todas cuantas se han hecho, y que protagonizaron Greta Garbo y Robert Taylor.
Posteriormente la novela ha tenido numerosas otras adaptaciones para el cine o la televisión.
“Traviata ‘53”, dirigida por Vittorio Cottafavi, con Barbara Laage, Armando Francioli y Eduardo De Filippo.
“Camelia”, dirigida por Roberto Gavaldón en 1954 contó con la bellísima María Félix en el papel protagonista, acompañada por Jorge Mistral.
En 1962 el cine español también versionó el mito, que interpretó Sara Montiel. La película se titulaba “La bella Lola” y estaba dirigida por Alfonso Balcázar.
No olvidemos tampoco las numerosas versiones que, tanto para el cine como para la televisión, ha tenido la ópera de Verdi. Quizá la más conocida sea la realizada por Franco Zeffirelli en 1982: “La Traviata”, con Teresa Stratas y Plácido Domingo en los papeles principales.



































Magnífico trabajo, amigo Paco. Debo decir sin temor a equivocarme que tus publicaciones son sin duda las mejores de este blog. Me quito el sombrero ante esta "dama", y si llevara puestos más sombreros, me los quitaría de uno en uno con muchísimo gusto. Es un placer leerte y ver el esfuerzo y cariño que imprimes en lo que compartes. Un cordial saludo.
ResponderEliminarEstoy totalmente de acuerdo contigo, Miguel. Pero yo añadiría que además de todo eso, Paco tiene una calidad humana insuperable, una cultura infinita y un gran humor.
ResponderEliminarI love you, my dearest friend.
Vamos por partes y por su orden, queridos amigos.
EliminarAgradezco mucho, pero mucho, mucho (una barbaridad, vamos), vuestros, a todas luces exagerados comentarios.
Aciertas, Miguel, en cuanto al cariño y el esfuerzo (que no es tal pues lo hago con gusto), te equivocas, sin embargo, al señalar que mis "publicaciones" son las mejores de este Blog.
No digo que en alguna ocasión no suene la flauta y, por casualidad, me salga algo de lo que quede medianamente satisfecho, pero habiendo colaboradores tan valiosos como Scarlata (seguro que estarás de acuerdo en que su sección "Ciclos" justificaría por sí sola el Blog), Jevipa (su gran cantidad de aportes entre los que se cuentan un buen número de clásicos indiscutibles del cine negro), Cary Juant (sus "breves comentarios" y su valiosa contribución a dar a conocer filmografías poco habituales), Sanseroni ("responsable", creo, del mayor número de aportaciones al Blog), Drakul (cuyos conocimientos pusieron en marcha el Blog y cuya discreta labor en la sombra lo mantiene funcionando viento en popa). Otros amigos cinéfilos (Almar, Dr. Phibes...) también contribuyeron en su día si bien sus ocupaciones los mantienen momentáneamente apartados...
En fin, con todo lo enumerado me parece excesivo considerar que mis aportaciones puedan ser lo mejor del Blog.
Cosa distinta es que yo te agradezca que las tengas en tal consideración.
Muchas gracias y un saludo muy cordial.
P.D. No hagas mucho caso de lo que comenta Scarlata. Su amistad obnubila su razón y ofusca su sentido de la justa medida.
De exagerado nada, amigo. Llevo unas semanas paseando por el blog y he podido comprobar muchas publicaciones de los colaboradores que participan activamente en él, que no son muchos. Me reafirmo en mi opinión sobre tu excelencia, e incluyo también en ella a Scarlata, como bien apuntas, cuya dedicación a sus Ciclos, las capturas de imágenes de las películas que publica, los gifs, el color y la calidad de los archivos que comparte, es un trabajo que hay que alabar.
ResponderEliminarMuchas gracias a ti y un cordial saludo.
Gracias por incluirme en tus preferencias, Miguel. Un saludo.
ResponderEliminarBuenas noches, Miguel P.
EliminarPor lo que veo eres persona de fuertes convicciones; no seré yo quien vuelva a ponerlas en duda, sino quien una vez más agradezca tu opinión aunque siga, como te expliqué en mi anterior comentario, sin estar totalmente de acuerdo contigo.
Dejémoslo estar y no le demos más vueltas.
Saludos cordiales.